Algunos rasgos coyunturales y estructurales del proceso venezolano: los desafíos que nos plantea

Categoría: foto plana |


578991_509794422417061_1330731263_nPor: Esteban Emilio Mosonyi

Me sentí muy mal –como pocas veces últimamente– al escuchar las palabras que pronunció el Presidente Correa, ahora recientemente, el día de su Toma de Posesión. Me refiero no a la totalidad de su discurso, que seguramente tiene muchas cosas rescatables, sino a la parte referente a minería, ambiente y pueblos indígenas.

No me cabe la menor duda de que en este momento el talentoso presidente ecuatoriano representa la cabeza visible del “marronismo”, la expansión del extractivismo minero antiambiental y antiindígena llevado a su paroxismo: delirio que comparten todos los gobiernos del Continente independientemente de su ideología o color político.

Sus palabras fueron tan claras y terminantes que a partir de ahora no existe el menor equívoco posible en cuanto a sus intenciones de acabar rápidamente –diríamos que a corto plazo– con toda la Amazonía Ecuatoriana, aprovechando para ello la cómoda mayoría que le dio el triunfo electoral, reforzado por su dominio indiscutible sobre el Poder Legislativo y los demás Poderes de su país.

Tampoco escatimó esfuerzos para regañar fuertemente al Movimiento Indígena, exigiéndoles a los pueblos originarios la mayor lealtad hacia los programas llamados de “progreso y desarrollo”, que lleva adelante su ya entronizada Revolución Ciudadana. Lo mismo hizo con los movimientos ambientalistas, poniéndoles el remoquete de “infantiles” y todo lo demás.

Sus afirmaciones me afectaron doblemente, porque el problema no reside tan solo en el discurso sino –aún en mayor grado– en la persona que lo profirió.

Desde luego, el contenido no deja lugar a especulaciones, ya que apunta directamente a la muerte declarada de la extensa selva amazónica ecuatoriana y de cualquier otro ecosistema que presente algún obstáculo a la minería extractiva a gran escala. Pero si lo hubiera pronunciado un dictador militar de derecha o algún presidentucho de quienes pasan por nuestros países con más pena que gloria, tal vez no me habría sentido tan angustiado, por ser esto lo que cabe esperar de tal tipo de mandatarios: siempre lo peor de lo peor. Mas en el presente caso estamos frente a la figura de un presidente de brillante trayectoria, reelecto y triunfante en el sentido más pleno, inclusive progresista en gran parte de su desempeño: una verdadera esperanza de certeros cambios en los distintos planos de la realidad, no solo de Ecuador en tanto país sino de América Latina. No quiero alargar en este momento un intento de análisis que bien valdría la pena llevar mucho más allá. A lo que voy a apuntar en forma directa e inmediata es al hecho de que esa inexorable decisión de Correa, tan nefasta para el ambiente como para los campesinos e indígenas, lejos de presentar un carácter aislado es compartida plenamente por todos los gobiernos suramericanos de derecha, centro e izquierda –no creo estar exagerando– incluyendo por supuesto la flamante vanguardia revolucionaria denominada ALBA; especialmente la Bolivia de Evo Morales –un gran presidente indígena, hay que decirlo– y nuestra querida Venezuela Bolivariana, la cual parece también debatirse entre contradicciones antagónicas, que por ahora lucen insolubles. Hasta podrían llevarnos a corto y mediano plazo a una exacerbación y generalización del extractivismo, de consecuencias deletéreas, predecibles y –lo que es gravísimo– irreversibles. A fin de no hacer afirmaciones tan absolutas las matizaré diciendo que todavía, en este momento, hay vuelta atrás pero estamos en cuenta regresiva.

Creo y espero no ser el único ni uno de los pocos que han hecho de esta preocupación el motivo central de su vida, de su existencia toda. ¿De qué nos habrá servido plantear como objetivo político la salvación del Planeta y de la Humanidad, si en el propio Documento titulado “Plan de la Patria” hay varios capítulos bien explícitos que diluyen y desmienten esta colosal idea-fuerza?.

Pero veamos un poco más allá de la retórica y las frases hechas. Sigo sin comprender cómo en un país con tanta gente inteligente, preparada, experimentada y luchadora como el nuestro no nos percatamos todavía –por lo menos no en el grado en que el tema lo amerita– de que en nuestra sociedad un litro de agua potable ya es mucho más costosa que la misma cantidad de petróleo crudo. Hemos llegado a contemplar casi sin inmutarnos que con los solos campamentos mineros ya aprobados con China, el propio “Imperio Norteamericano” y otros países, dentro de muy pocos años –aún en la presente generación– tendremos que decirle un “adiós para siempre, adiós” –perdóneseme esta salida tan a la “ranchera”, últimamente devenida en Patrimonio de la Humanidad gracias a la UNESCO– a toda nuestra selva amazónica; a las fuentes del Orinoco, a la Gran Sabana y sus tepuyes precámbricos, al Delta del Orinoco, la Sierra de Perijá y, por supuesto, a las innumerables culturas y comunidades originarias que dependen hace milenios orgánicamente de nuestra maravillosa Madre Naturaleza, una vez habiendo contribuido a su creación y conservación.

No hay explicación lógica ni de cualquier otra índole para compaginar extremos tan contradictorios como la gran minería y la conservación de la diversidad biológica y humana. Por más que apostemos a la soberanía, al socialismo, al desarrollo dizque sostenible y sustentable, a la lucha contra la pobreza, a la máxima felicidad para las futuras generaciones: todo esto suena a falso, a promesas radicalmente imposibles de cumplir porque –al ritmo como vamos– para mediados de siglo no habrá ni país ni pueblo ni nada donde proyectar tan delirantes utopías, sin asidero alguno en la realidad o en las tendencias actuantes. Yo sé que mucha gente fuera de este recinto, incluso personas en esta reunión, tendrían ganas de ripostarme que lo que aquí afirmo es exagerado, cuando mucho constituye una verdad a medias. A esto tan solo puedo responder que me sentiría feliz y dichoso si así fuera. Preferiría pasar por un simple “profeta del desastre”, antes que enrostrarle responsablemente a la sociedad este amasijo de amenazas tenebrosas. Sin embargo les invito a que se informen, lean y recapaciten, para terminar convenciéndose de que no solo se han cumplido las predicciones emanadas de los ecologistas y ambientalistas más serios y comprometidos; los hechos parecen más bien indicar que la cochina realidad supera con creces la ya terrible gravedad de las previsiones realizadas hace una treintena de años apenas.

Es como llover sobre mojado agregar a estas consideraciones que la cantidad y extensión de las zonas sacrificadas al extractivismo y otros megaproyectos es inversamente proporcional a las tierras asignadas y por asignarse a los pueblos indígenas, afrodescendientes y campesinos tradicionales que hasta hoy pueblan estas regiones tan comprometidas. Por otro lado, reitero y recalco el agradecimiento compartido con muchos revolucionarios críticos por la promulgación en 1999 de la Constitución Bolivariana, los grandes avances legislativos y normativos, así como la evidente visibilización de las comunidades y pueblos originarios con su realidad tan compleja y problemática. También es cierto que sigue habiendo un número significativo de funcionarios –indígenas y criollos– solidarios con estos pueblos, cuya ética y desempeño nada dejan que desear. Sin embargo no dejaré de manifestar con suficiente claridad que, al menos en los últimos cinco años, las políticas indígenas del Estado Venezolano vienen sufriendo una degradación difícil de sobrestimar. Existe cierto consenso de que tal vez la institución más responsable por ese gradual empeoramiento es, lamentablemente, el Ministerio del Poder Popular para los Pueblos Indígenas. Es penoso tener que admitir que una Cartera tan emblemática como este Ministerio –incluso manejado por profesionales indígenas– haya tenido una actuación tan controvertida, para expresarnos en el mejor lenguaje constructivo. En aras de mayor concreción, hay una notable concordancia de opiniones y apreciaciones –por parte de indígenas y no indígenas– acerca de la naturaleza asistencial y, lo que es más grave aún, asimilacionista de esta Institución clave de la República.

No es el momento de hacer largos y sesudos análisis. Por ello enfocamos aquí solamente el hecho raigalmente etnocida de que ese Ministerio ha tenido como norte suplantar las autoridades tradicionales y culturalmente auténticas de las comunidades por jóvenes aculturados y politizados dentro de una concepción eurocentrista y dogmática del socialismo marxistoide, como algo que es necesario llevar a los indígenas de manera unilateral. Con esto se derrumba toda posibilidad pluri e intercultural de fortalecer, expandir e incluso difundir en la sociedad criolla las inmensas aportaciones fácticas y potenciales que ofrece cada uno de estos pueblos originarios para la conformación y consolidación de un Mundo, de un Planeta mejor para todos, echando por tierra el espíritu de la misma Constitución Bolivariana.

El Presidente Chávez expulsó en el año 2005 las conocidas misiones evangélicas fundamentalistas de origen, sello y orientación claramente pro-norteamericana, llamadas Nuevas Tribus: toda la opinión progresista del país se lo agradeció en el alma, como decimos coloquialmente. Sin embargo, un porcentaje considerable de esos misioneros fanáticos no se fueron, algunos incluso amparados por su nacionalidad venezolana. Hoy estamos repletos, otra vez, de misioneros ultrafundamentalistas, quienes amenazan mortalmente la identidad y cultura autóctonas. Tenemos en nuestras manos varias denuncias muy serias que develan que un buen número de ellos goza de la protección y beneplácito de las instituciones gubernamentales. Pero hay algo más grave aún. Hemos visto como nuestras autoridades ministeriales están actuando exactamente a la manera de las Nuevas Tribus, imponiendo una versión reencauchada del Socialismo Real del pasado milenio por encima de lo que muchos denominamos “socialismo indígena”, el “buen vivir” –anaa akua´ipa en wayuunaiki– incluso “ubuntu” para el caso de los pueblos y poblaciones de procedencia afro. De esa conjunción perniciosa de las viejas Nuevas Tribus con su más o menos fiel imitación por obra del actual oficialismo nace lo que me atrevo a llamar el “neotribalismo” como marca inconfundible de nuestra actual política indígena o anti-indígena. A todo eso se le suma la minimización y el retraso planificados de la demarcación de las tierras indígenas; la persecución de la resistencia indígena, como queda claro por la complicidad de los organismos públicos en el vil asesinato de Sabino y otros héroes del pueblo yukpa; el acoso judicial y amenazas de muerte permanentes hacia un noble aliado de las luchas indígenas como lo es el Profesor Lusbi Portillo; una hiper-militarización de las zonas indígenas que raya en lo obsceno; una permisividad inaceptable con los garimpeiros brasileños que les hacen imposible la vida a las comunidades yanomami, llegando a perpetrar asesinatos que nadie quiere investigar; un doloso deterioro de la atención primaria a la salud indígena, que junto a las campañas de esterilización y control de la natalidad hacen sospechar la existencia de planes macabros para acabar con nuestra población indígena, no solo en lo cultural sino también en lo físico.

Esta visión somera de nuestra desastrosa situación ambiental e indígena –las gravísimas amenazas que se ciernen sobre nuestra biodiversidad y sociodiversidad– nos hace percibir, aun sin entrar en otros tópicos de suma importancia y pertinencia, que este proceso de transformación radical y profunda, inicialmente de orientación socialista y revolucionaria, luzca ahora agotado, detenido, desviado de sus propósitos, muy distante de un posible “mundo mejor” al cual aspira legítimamente todo ser humano honesto, solidario, crítico, enamorado del País y del Planeta. Bajo ninguna circunstancia queremos regresar a un modelo capitalista-neoliberal, regido por el odioso imperialismo de las grandes potencias y corporaciones transnacionales. Pero tampoco la presente versión tropicalizada de un trasnochado Socialismo Real, ya totalmente desentendido de la sustentabilidad futura del país, de la humanidad y del cosmos, resuelto a “raspar la olla” de nuestros bienes naturales mediante un extractivismo parasitario y hasta carente de imaginación creadora, preso de un pragmatismo que no ve más allá de la perpetuación en el poder de una exigua nomenclatura por vía de una secuencia de enroques sin fin: tampoco –repito con todo énfasis– esta turbia ciénaga de actos e intentos fallidos nos conducirá a ninguna parte en los próximos 10, 30, 50, 100 o aun 300 años; hasta en el supuesto de no sufrir derrota o implosión alguna en el trayecto. Como muchos otros revolucionarios y patriotas –y yo me considero como tal desde bastante antes de la Revolución Bolivariana– sigo creyendo firmemente en el Proceso de transformación radical que nos motiva para la lucha: pero que sea un Proceso renovado, corregido, con verdadera dirección y liderazgo colectivos, con una participación plena, activa y siempre creciente de todos los sectores del pueblo venezolano; de la vanguardia pero también de quienes continúan en su búsqueda del camino más idóneo.

Si bien por distintas razones –inclinación personal, puesto relevante en la agenda de nuestro colectivo, entre otras– me he concentrado hasta ahora en el binomio ambiente-pueblos originarios, quisiera agregar lapidariamente algunos temas álgidos que también han copado nuestra atención y que atestiguan igualmente el agotamiento y envejecimiento del actual Proceso Político, sin negar ni menospreciar la importantísima obra de Chávez y sus notables logros, sobre todo iniciales, de la Revolución Bolivariana que hizo época en Venezuela, Nuestra América y el resto del Mundo. Pero guiado por una perspectiva de presente y futuro, pancrónicamente afincada en un riquísimo pasado, querría señalar –más a manera de provocación cuestionadora que de afirmaciones y denuncias netamente perfiladas– algunas deficiencias que, al menos en mi percepción, requerirían una corrección inmediata, aunque de largo y difícil cumplimiento.

  1. Una política económica todavía fundamentada en la estrecha dicotomía de Capitalismo de Estado versus el clásico Capitalismo Privado, despreciando y marginando un cúmulo de actores socioeconómicos alternativos.
  2. Un proyecto muy unilateral de Estado Comunal, que privilegia netamente los antecedentes eurocéntricos de la figura de la Comuna, a la vez que deja de lado otras formas de organización no comunitarias y trans-comunitarias como las étnicas, las culturales y deportivas, las ocupacionales y profesionales, las etarias, las asociaciones de toda índole que hacen vida en un país y a nivel supranacional.
  3. Un militarismo exacerbado que pretende someter al conjunto de la sociedad venezolana a un tutelaje militar y miliciano, imponiendo un autoritarismo vertical basado en el poder de las armas y el tríptico de obediencia, disciplina y subordinación.
  4. Una cultura socio-política basada en la fuerza bruta, el desprecio de la condición humana, la viveza antisocial, la violencia omnipresente y la sempiterna preparación para la Guerra Larga; frente a lo que debería ser una verdadera cultura de la paz, del amor, de la tolerancia, de la solidaridad y de una espiritualidad profunda guiada por una voluntad de total inclusión social.
  5. Una falta de diálogo constructivo y creador tanto en el seno de los sectores progresistas y revolucionarios como también con las fuerzas opositoras dispuestas a asumir el reto de una seria confrontación de ideas. De no hacerlo seguiríamos cayendo en el peligro y la trampa de un vanguardismo persistente y lindante con el apartheid ideológico, que tranca cualquier posibilidad de salida.
  6. Una educación masificadora y cuantofrénica que contrapone innecesariamente la solidaridad y conducción colectivas con el crecimiento cualitativo de cada ser individual, dueño de una personalidad propia, quien a su vez contribuye a realzar y alimentar los valores y atributos de cada colectivo.
  7. La falta de una comprensión profunda y actuante de nuestra multi-diversidad cultural y humana, transversalizada por una interculturalidad procedente de una pletórica realidad pluriétnica y plurilingüe, junto a otros factores constitutivos.
  8. La ausencia de una educación universitaria, de una ciencia y una tecnología propias, capaces de conjugar los mejores aportes occidentales y mundiales con nuestras configuraciones indoamericanas, afroamericanas y mestizas diferenciadas.
  9. La persistencia aún vigente de un autoritarismo machista, paternalista y excluyente que hace prácticamente imposible una participación plena, decisoria y protagónica de la mayor parte de la sociedad, especialmente de la mujer, del niño/a y del adolescente.
  10. Una radical incomprensión del hecho fundante de que si bien toda revolución verídica va orientada hacia un futuro próximo y hasta remoto, sus efectos benéficos deberían comenzar a surgir y sentirse desde el mismo presente, en cuanto a cualidad de vida y otras satisfacciones de nuestras necesidades y aspiraciones se refiere. No podemos permitirnos la aberración –como pretenden los neoliberales– de sacrificar las generaciones actuales con una política de austeridad y renuncia, en aras de un porvenir nebuloso, que solo muy fragmentariamente estamos en capacidad de vislumbrar y en modo alguno regimentar.


[1] Discurso pronunciado en la reunión operativa del Foro Social Mundial Temático Venezuela, celebrada en la ciudad de Caracas, a los seis días del mes de junio de 2013.

#liberenARodneyÁlvaez

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.