México: Murió La Chapis, mujer comprometida siempre con las comunidades indígenas

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Por: Hermann Bellinghausen / La jornada.

Participó en los procesos de pacificación tras el levantamiento del EZLN en 1994.

María David Espejo, conocida como La Chapis, quien participó tan determinante como discretamente en los procesos de paz en Chiapas a partir del levantamiento zapatista en 1994, falleció este lunes (20/02/2012) en la ciudad de México a los 81 años. Como religiosa católica y mujer comprometida con los pueblos indígenas mantuvo durante décadas una notable cercanía con las comunidades y fue colaboradora del obispo Samuel Ruiz García en la diócesis de San Cristóbal de las Casas, especialmente en la Comisión Nacional de Intermediación (Conai) y la Comisión de Reconciliación (Coreco).

Pablo Romo, ex director del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas y también protagonista de las mediaciones y diálogos de la década pasada, destacó hoy “su capacidad de discreción”. Con ella caminaba “una historia impresionante, la de los ‘secretos del pueblo’, como ella los llamaba”. La ponderó como “una de las mujeres más sabias que hemos conocido”.

Sobre el ataúd estaban unos caracoles de mar “que tuvo en su habitación los últimos años”, explicó una de sus compañeras. Le representaban los cinco caracoles autónomos zapatistas. Y al pie, un ejemplar del libro Don Durito de la Lacandona, del subcomandante Marcos, por quien ella tuvo siempre gran admiración y aprecio.

El sacerdote Gonzalo Ituarte, ex vicario de la diócesis sancristobalense y ex secretario técnico de la Conai, ofició una misa de cuerpo presente en una pequeña capilla al sur de la ciudad. En referencia al Apocalipsis (“vio un cielo nuevo y una tierra nueva”), expresó que La Chapis “vivió en medio del pueblo”, conoció “la tensión hacia la utopía”, actuó en todo un proceso histórico y puso cuanto estuvo a su alcance al servicio de esta comunidad de los pueblos para que fueran ellos los constructores de esta tierra nueva; siempre reconoció la dignidad, la capacidad y los derechos de las comunidades indígenas”.

Absolutamente alejada de la actividad pública, corrió importantes riesgos al mantenerse al servicio de los pueblos mayas de Chiapas aun en los momentos más álgidos de su historia reciente. Como otra compañera suya recordaba hoy, en 1995, tras la ofensiva militar del gobierno zedillista contra el Ejército Zapatista de Liberación (EZLN) y sus comunidades, “ella corrió peligro y pudo haber terminado en prisión, pero entonces dijo: ‘me quedo aquí y corro las consecuencias’”. La Chapis “fue perseguida por causa de la justicia”, pero nunca se amedrentó.

Por supuesto que estuvo largamente en la mira de los servicios de inteligencia militar y seguridad nacional, sobre todo entre los diálogos de la catedral en 1994 y los de San Andrés en 1995 y 1996. Los agentes gubernamentales y ciertos periodistas la llamaban maliciosamente “comandanta Chapis”, cosa que no le hacía ninguna gracia.

Se retiró hace unos años y la edad hizo su trabajo. La última ocasión que conversé con ella, hace algunos meses, dijo: “Ya estoy lista”. Y sí lo estaba. Según testimonios, murió apaciblemente, y aunque no lo hubiera reconocido nunca, ciertamente satisfecha. En esta mujer de pequeña estatura y voz pausada, sin estridencia alguna, uno encontraba a la vez una ingenuidad desarmante y una viveza pícara de largo alcance. Poseía una velocidad mental y una capacidad de comprensión enormes, gracias a su rica formación humanística y política, y al compromiso de toda una vida con los pueblos indios.

Originaria de Santa Bárbara, Chihuahua, llegó a Chiapas en 1972, y fue testigo del histórico Congreso Nacional Indígena de 1974 en San Andrés Larráinzar. Ligada al proceso colectivo de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, según recordó Ituarte, “tuvo, como don Samuel, una vida completa, hizo todo lo que pudo”. Citando a Bartolomé de las Casas, añadió: “Luchó por los que se mueren antes de tiempo” y logró ver los frutos, pues en esas comunidades “han pasado cosas maravillosas, aunque también muchas tremendas, y la vida de los pueblos cambió radicalmente”.

Discreta, casi invisible, siempre estuvo ahí. Confiaron en ella el Tatik y los comandantes del EZLN, los intelectuales que participaron en los diálogos de San Andrés y los delegados de los pueblos indios de México, que con el tiempo, y con la comandanta Ramona, fundarían el Congreso Nacional Indígena (CNI). Pablo Romo apuntó: “Nunca sabremos cuántos secretos se llevó a la tumba”.

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